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Soy mi cielo, soy mi rio, soy yo aire, soy fragancia. Esta tarde se ha vuelto el aire como perfume azul de otro sueño

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sábado, 16 de mayo de 2015

HASTA DISOLVERNOS EN LA LUZ DEL TRÓPICO

HASTA DISOLVERNOS EN LA LUZ DEL TRÓPICO Por: Anna Fioravanti Valencia 01/07/14 El mundo de Armando Reveròn te penetra y socava, te muestra la soledad del hombre y te espantas porque esa soledad te entra en la piel y te toca los huesos, y no puedes menos que llorar de emoción con Armando, no por él, porque la libertad del hombre que elige la soledad para encontrarse, no es motivo de llanto. Si alguien me habla de Reveròn, la primera imagen que viene a mi mente es la del artista que buscaba la luz como una obsesión, que vivía en el Castillete, allá en Macuto, donde hoy solo algunas piedras de los destruidos muros nos recuerdan que ese era para él, el lugar, en el que la luz del trópico tiene matices de perfección y se expande y adelgaza con la brisa salobre que acaricia el paisaje del Caribe. Lo imagino aun allí, flotando al viento su larga barba como la vela de un barco transparente. Alimentándose de visiones que hacían que lo llamaran el loco. Todo lo que escuché sobre Armando, lo que leí sobre él, lo que pude conocer a través de las imágenes, o de aquellos vídeos en blanco y negro, vistos una y otra vez, que me mostraban su ciudadela hecha de espacios esenciales, que Juanita recorría silenciosa, revivieron en mi memoria, al ver, una mañana, en el museo que visitaba, sus obras sobre los muros. Las flores de papel reposaban en el pedestal, como reinas solas. Y también estaba él, que me miraba desde un retrato, y atrás, los fantasmas de sus muñecas, y aquí y allá sus majas. Para encontrarse con Armando no hay que viajar en el tiempo, basta atravesar el umbral de sus obras, espejearse en ellas es como escuchar el mar, uno oye a lo lejos el silbido de las olas y transportado en el remolino de una resaca, se embriaga de su locura, se mece en las sensaciones de una pincelada, y cuando crees haber encontrado una playa de arena blanca, te acomodas bajo el uvero, pero acto seguido chocas con las rocas del desasosiego y te enredas en el aire, y, te dejas transportar, para mirarlo todo desde el cielo, hasta disolverte en la luz, aquella que Armando buscaba con desesperación para transmutarla en: muro, arena, playa, río, uvero, musa, mujer, Juanita. Y sigo el camino por aquellas salas y pasillos al encuentro de Armando. Arriba, al final del camino, esta Serafina. Ahora, a unos pasos de mí, sobre el pedestal. Asemeja una esfinge de ojos inertes. La pienso sin memoria, y me acerco a ella con mansa admiración. La se inmortal, pero frágil, el eco de una historia que me antecedió y no me pertenece y reflejo de aquello que no es visible y que deberá repetir para otros por la eternidad. Busco en piel de trapo los olores que me faltaban, y me acerco sigilosa, despacio, uno con osadía entremezclada de temor mi rostro al suyo, y llamo a su oído, dos veces, en un susurro: - Armando, Armando- . Serafina, arropada de aromas antiguos, me mira, y quedó atrapada en su vítrea mirada que me transporta a un tiempo en el que bailaba suspendida por los brazos dorados de sol de un soñador, al compás del trinar de los pájaros y las melodías cantadas por el viento bajo los cocoteros. Sus labios pintados de carmesí están entreabiertos, como destinados a alimentar recuerdos, a callar pesadillas. ¿Será cierto que respira? ¿Qué su aliento huele a mar? ¡O lo imagino! Me cuesta apartarme, sé que solo debo dejar que su silencio me arrope, y viajar por sus pupilas para transitar la inmensidad de los blancos y sepias de sus recuerdos de algodón y volar con los tonos azules de sus visiones. Pero aún no ha finalizado el ensueño. La brisa que corre por las ramas de la pequeña plaza frente al museo me habla con la voz de Armando, y lo escucho decirme: Ya ese blanco tendido sobre el lienzo / es pintura, tú y yo somos lienzo. Tú, la cosa pintada. Yo también. Camino de regreso, pero creo que vuelo, dejando a mis espaldas huellas invisibles, afuera sopla el viento, la oscuridad me ciega. ¡Dejé tanta luz adentro!

miércoles, 30 de abril de 2014

OLVIDO

No hay olvido solo visiones en medio de las sombras. En las mareas del tiempo bajo la tempestad de las nostalgias camino hacia atrás solo para encontrarme. Anna Fioravanti 30/04/14

martes, 23 de julio de 2013

EL COTEJO PANCHO Y EL ARETE DE ALICIA, LA DEL CABALLITO PATAS LARGAS

Este es el cuento del cotejo Pancho y de Alicia, la del caballito patas largas. Si alguien se aventura a leer esta historia, y piensa que es imaginación, es que no ha llegado a conocer a Alicia, la del caballito patas largas, que está casada con el Emilio, que no es el mío. Quien siga pensando que este cuento es pura fantasía, es que nunca ha conocido al cotejo Pancho, ni ha visto el caballito de Alicia, lo cual es comprensible, pues, uno de sus caballitos patas largas vive en mi sala, y, la lagartija Pancho, ha elegido como hogar el reloj de la pared de mi cocina. Aunque, leer esta narración puede llegar a hacer pensar que en algún momento un cotejo puede ser un príncipe, como la rana aquella, si alguien se atreve a besarlo… pero hasta ahora, nadie lo ha hecho, no por temor, sino que los cotejos, no aspiran a ser príncipes, aunque son mucho más simpáticos que los príncipes y las ranas (con el perdón de las ranas), y además un príncipe, nunca se llamaría Pancho, y a mi cotejo le encanta ese nombre. Y bueno, este cuento, es real, no es fantasía. Y es que Pancho, se ha apropiado del ancho ventanal del fregadero, y arropado por la cortina de encaje blanco, se pasea detrás del cortinero de punta a punta dos o tres veces al día, por ser el único sitio en que puede moverse inobservado. Aunque prefiere las noches, cuando todo está en calma, ya que es un cotejo tímido. ¡Si lo sé ! igual que todas las lagartijas caseras. Ama las casas y teme a la gente. Lo cual es comprensible, porque yo lo he asustado muchas veces, especialmente al principio. Pancho y yo nos conocemos desde hace tiempo, cuando él apenas medía unos dos centímetros de largo y medio de ancho, y tímidamente se asomaba del reloj de pared. En nuestros primeros encuentros, al verlo, me asustaba enormemente, y mis gritos lo aterraban. En el movimiento más rápido que he llegado a ver en mi vida, giraba sobre sí mismo y se refugiaba de nuevo detrás del reloj y su reconfortante tic tac. Poco a poco Pancho fue creciendo, y yo acostumbrándome a que el reloj sea su hogar. Él, a veces sigue asomándose para saber quién está en la cocina, y yo me quedo inmóvil, esperando que no se atemorice ante mi presencia y haga tranquilamente su cotidiano paseo. Convivimos en paz. Pancho, es muy gentil, y trata de cordializar, siempre deja para mí, sobre el borde de mi ventana, unos extraños regalitos todas las mañanas, yo los recojo con un trapito azul cuando él no me ve. El pobre no sabe que esas cosas que me deja, en el mundo de los humanos son excremento de lagartija. Aunque creo, conociendo en el tiempo a Pancho, que de enterarse, tampoco le importaría. A esta altura del cuento, y ya presentado a Pancho el cotejo, he dejado en el camino a Alicia, la del caballito patas largas, la que está casada con el Emilio que nos el mío. Y el lector, que pacientemente ha llegado hasta estas líneas, se preguntará por cual razón la nombré al principio de mi cuento. Pues tiene un motivo, y es que Alicia, que no es la del país de las maravillas, sino la del caballito patas largas, no voy a repetir que está casada con el Emilio que no es el mío….porque ya lo dije…. Pues vino a mi casa, en una reunión de amigas, y zàs, como ella es muy inquieta, perdió… un arete de cristal. Cuando la fiesta terminó….no es cómo piensan, Pancho no encontró el arete. Pues él no es un príncipe. Tampoco yo lo encontré. Fue Alicia la del caballito…..etc ,etc…, la que al otro día muy temprano, nos informó a todos los presentes, por watsapp ,( este no es un cuento de príncipes, los príncipes no son cotejos y no saben de watsapp), y nos dijo Alicia etc, etc… “ si habíamos visto su arete, ….su arete era de cristal,… lo había perdido entre mi casa y su casa, ….que lo estaba estrenando, ….que quería su arete, …que buscáramos su arete..” En vista de la desesperación de Alicia, me compadecí de su tristeza y le pedí enviara una foto del arete , pues yo no tenía idea de cómo era, le dije que si lo perdió en mi casa, pues lo encontraríamos seguramente, sin problemas, pues en ella estábamos en ese momento mi cotejo Pancho y yo que nos daríamos a la tarea de buscarlo. Así que le pedí una foto del arete para enseñársela al cotejo Pancho, ya que él no debe saber que cosa es, pues no tiene orejas, y yo, si lo encuentro se lo devuelvo, pues que haría con un arete, de orejas tengo dos. Como Pancho es tímido, coloqué la foto del arete de Alicia etc, etc, en mi ventanal de la cocina con el letrero de se busca, así si Pancho sale de paseo y lo lee, o lo ve, pues me diga donde está, para consuelo de Alicia. Solo que creo que por razones prácticas Alicia tendrá que besar al Cotejo Pancho, si quiere que nos cuente donde está su arete, pues yo, con el perdón de Pancho, no lo beso ni por una amiga tan querida como Alicia, la del caballito patas largas, la que está casada con Emilio que no es el mío. A menos que una de nuestras amigas sienta la necesidad de descubrir si Pancho es un príncipe, pero eso si Pancho el cotejo se deja, pues creo que tanto a él como a mí, los príncipes no nos agradan (con el perdón de las ranas). ¡Y bueno! Este cuento es real, no fantasía. Por Anna Fioravanti

lunes, 22 de julio de 2013

CARTAS A OTROS CIELOS . A Miriam

El sol desangraba láminas doradas sobre las piedras y latía entre las hojas asemejando mariposas suspendidas. Ella se dejó bañar por la calidez ambarina, se estuvo quieta, mirando alrededor, como buscando algo, y aletargada al calor de sus nostalgias dejó pasar instantes hasta escuchar el leve crujir de las frondas movidas por las espuelas del viento. Más tarde, pasó la mano por su cara sudorosa para luego inclinarse una y otra vez a recoger ramas. Desprendió las cortezas de algunos troncos, los metió en la bolsa de tela que traía al hombro, y siguiendo el sendero que los árboles le marcaban, recolectó trozos, cuantos entraban en su bolsa y los que pudieran guardar sus manos. Las maderas marcadas por los años, deformadas por la lluvia y el sol, dejaban aflorar delicadas formas apenas visibles. En el silencio crujía aquel insólito tesoro. Luego, cuando la tarde se fue poniendo pálida, y el camino bajo sus pies ya sombreaba la tierra desnuda, se devolvió sobre sus pasos de regreso a la casa. Atrás quedó la ciudad de los árboles, titilante de luz de luciérnagas, mientras el sol retiraba su oleaje de oro. Entró en la casa, y como hacía cada vez que atravesaba el umbral, recorrió con una mirada rápida la sala, buscando acallar con su presencia las cosas que allí habitaban. Vació sobre la mesa las ramas, las cortezas y las chamizas secas. Lentamente inició su cotidiana y meticulosa tarea de separar la corteza de los tallos, buscando en ellos el alma de los troncos desnudos ahora inertes entre sus dedos, receptáculos alguna vez de la savia que circuló en la rugosa epidermis de los leños y su médula. Primero las maderas claras, buscando los tonos más delicados, y, cuando las horas posmeridianas la sorprendieron aun en su tarea, los colores elegidos se fueron tornando espesos como un atardecer repleto de voces. Pasó así los días, recolectando, tallando, cortando, separando, hasta encontrar los códigos milenarios de aquellos leños, buscando vidas nuevas. Y entre sus manos, los diminutos trozos, las ásperas y grumosas cortezas, se hacían espejismo humano. Podía escuchar la voz del viento y el rumor de las fraguas subterráneas reprimidas por decenios en el silencio de las ramas. Por eso, una vez separadas, adhería las cortezas sobre soportes, y como en un hechizo, iba atrapando voces con su letra diminuta. Sortilegio que se hacían riachuelos de palabras que fluían del corazón del árbol. Escribía alrededor de las leñosas siluetas lo que le era murmurado. Luego, marcaba con el pincel líneas sutiles, para delimitar los cuerpos descubiertos entre las nervaduras del tronco. Dejaba en libertad los elementos de su cárcel terrena, hasta verlos aflorar de su breve materia y ocupar la quietud del soporte en blanco. Esas cortezas poseían para ella una fuerza inmensa y en un ritual purificador se dejaba inundar por la remota nostalgia y el aroma suave de la madera cortada. Esbozaba sobre la piel de los leños las siluetas en un acto de comunión con la naturaleza hasta hacerlos cuerpo, y de sus manos partía la vida y la historia de aquellos seres. No sabía en realidad quienes eran, ni por qué habían decidido transmutarse entre sus manos. Pero sus voces le hablaban de serenidad y tormenta, de eros y salvación, de perfección y defectos, de angustias y vida, de soledad y de olvidos, alegrías y tristezas, de amor y odios, de calma y espera. Y mientras tanto, volvía a cortar, rasgar, herir y sanar la piel del árbol y al hacer y deshacer, observaba, hasta encontrar entre sus manos las almas ancestrales que poblaban aquellas cortezas, devolviéndole su linfa vital y escuchar de nuevo sus latidos. Y una vez liberados, al verlos inermes, desnudos y frágiles, en un acto casi chamanico aferraba en su consciencia las voces olvidadas. Dio así, poco a poco, forma a los habitantes milenarios de los árboles, y al colocarlos cada uno en cajas de madera con tapas de cristal, como mariposas prisioneras, quedaron nuevamente detenidos en el tiempo, y al separar sus cuerpos del árbol, capturadas sus almas y sus voces, fueron transmutados en habitantes de una nueva urbe. Por Anna Fioravanti

domingo, 20 de mayo de 2012

viernes, 13 de abril de 2012

ERASE UNA VEZ... En casa de Alicia

ERASE UNA VEZ... En casa de Alicia En mi jardín hay una hoja que me la regaló Alicia, no es Alicia la de las maravillas, es la del caballito patas largas. Fue un día, que compartimos la tarde, allí en su casa. Es una casa que queda al final del camino, luego de ese camino, parecieran terminar todas las calles y las casas. Para encontrar el hogar de Alicia, la del caballito patas largas, debes pasar frente al palacio de Aladino, en ese palacio, dicen los vecinos, que hay muchísimas habitaciones, como debe ser en un palacio, y si paseas por sus corredores se escuchan suspiros y voces susurradas. Adentro hay magia. La casa de Alicia, queda después del palacio de Aladino, y es una casa, junto a otras, repetidas como eco, apretujadas como doñitas friolentas, pero adentro de los ecos, las vidas son distintas. En la casa de Alicia, sobre las paredes, se abren todos los espejos, son universos que te piden ser atravesados, solo debes desearlo. En la casa de Alicia se regalan hojas, para que crezcan flores en el jardín del otro. Yo se la di a mi Emilio, que no es el Emilio de Alicia, ¡a cada una el suyo! Y le dije a mi Emilio: -“Esta hoja, me la regaló Alicia, la del caballito patas largas, uno lo tenemos en la sala”-, y mi Emilio sonrió al ver al patas largas en la sala. Y le dije:-“ si siembras la hoja, ella nos regalará una flor que nace y muere en una sola noche, pero cuando lo hace, toda la casa se llenará de su aroma.” Y mi Emilio, hizo una cuenca de tierra dentro de un jarrón de barro rojo, para darle vida a la flor del jardín de Alicia, que no es la de las maravillas, pero te regala hojas para que nazcan flores en el jardín del otro. Anna Fioravanti Imagen: Obra de Alicia Belden

jueves, 22 de septiembre de 2011

PLEGARIA PARA INICIAR EL VUELO


Desde hoy,
caminaré
en el sendero del medio.


Comenzaré a caminar con pasos de tortuga,
y entraré en mi caparazón
si el ruido me estorba.
Caminaré al son de mi memoria
y al compás de mis esperanzas.

Iré despacio, porque el tiempo no existe más que en mis fronteras.

Hoy,
haré caso omiso a las voces que predican.
Tantos predicadores confunden el silencio,
y el silencio es el único camino a la verdad desnuda.

Hoy,
he decidido ir despacio,
muy despacio.
Siempre, el tiempo...nos alcanza
Ni un instante más será nuestro
Ni uno menos,
Si no nos pertenece.

Mi lucha,
no será de guerras,
sino de horizontes,
Y para eso,
hay que vivir como se predica.

P.S.:

Ángel de mi guarda,
Dulce compañía,
Aléjame del ruido
De la desarmonía.
Amén.

Anna Fioravanti

jueves, 21 de abril de 2011

Leche de luna



Ahí,
anda la luna.

Y yo, sin luceros.

Solo noches oscuras
para darle paso,
a la memoria.

¿Y si el cielo fuese tan solo nubes y azul?

Esperaré,
que el tiempo,
se haga leche de luna,
para verme en tus ojos.

Así,
el viento,
en el fondo de la noche,
se asomará a los recuerdos,
y traerá
tu perfume.

Anna Fioravanti
21 de abril 2011

jueves, 31 de marzo de 2011

Ventana


Ventana

En el cuarto
Entre aromas y telas
Las paredes heridas
No sangran.
Abren sus bocas
vítreas
para mostrar el vientre
donde las nubes giran,
y brillan las constelaciones.

Colgado en la pared
un niño con alas,
cree ser un ángel
siempre observa en silencio
cuando le hablo en la noche.

Anclada en mi barco
navego,
hacia el horizonte de los sueños.

Anna Fioravanti 2004

martes, 18 de enero de 2011

POEMARIO DE ANNA FIORAVANTI EN REVISTA ARTE FACTO



Más allá del tiempo
vive la palabra.

Acudirá a la cita del poema
y se hará constelación
en la noche de las hojas de cobre,
que sobre las piedras se derraman.

Paraíso perdido
donde las historias
se iluminan
de relámpagos azules.

Anna Fioravanti

Letra Tangente por Marisol Pradas Notitarde 16/01/2011


DIOS PARPADEA
La artista plástica y poeta Anna Fioravanti es una mujer que como pintora, dibujante, escultora (que bien podríamos resumir en la hermosa palabra hacedora), no puede desligarse de su voz interior al momento de crear, y a ésta la teje en todas sus obras, por ello y a la par, en un sinnúmero de veces, escribe y luego va al color, escribe y viaja hacia la forma, escribe y cocina; escribe y dibuja; escribe y recuerda a su madre, a su esposo, a sus hijos; a la mujer que está dentro de sí y a la que sueña; a la que da vida, conjugada a lo inexorable.

Durante un tiempo estuvo estudiando al maestro ruso Marc Chagall y de allí nacieron obras cargadas de la ensoñación que caracterizó gran parte de su legado, como un homenaje quizás al maestro incomprendido, rebelde, con preguntas, como ella misma tiene, ante el mundo y sus formas.

Se ha atrevido a innovar y en la última edición de la revista especializada Artefacto, publica tanto sus poemas como sus obras pictóricas, conjugándolas dentro del universo estético propio.

"Carta blanca hacia un cielo blu" reúne al conjunto de palabras ordenadas en diez poemas dedicados a su madre, fallecida hace pocos meses atrás.

"Blu":Me detengo,/ para escuchar/ el silencio de la luz del alba./ Como hierba,/ tierra mojada,/ como riachuelo,/ ocurren las horas/ el blu en el cielo esta mañana se diluye en silencio./ Lácteas mareas anegan el horizonte./ Este cuerpo/ me cubre las alas, / y espantada de sonidos/ vuelvo a la tierra que me atraviesa./ Soy, quien ha atado su rostro/ a un cuerpo sin alas, / y fabrica mariposas/ para intentar el vuelo.

Los poemas de Anna Fioravanti son el resultado de la búsqueda íntima que tienen sus sentidos por explorar el mundo de la ilusión al que todos pertenecemos.

Si alguna vez intentamos penetrar el azul de las aguas descubrimos que el color se desvanece en la transparencia y si vamos hacia la noche, después de encontrar mucha oscuridad, caeremos en el más sonoro y refulgente sol.

Así mismo ocurre con el azul que se hace cielo continuo a nuestros ojos. Jamás lo atraparemos. Se desvanecerá apenas creamos haber alcanzado.

La niebla, el día, la invisibilidad de los seres espirituales; que acompañan, imperceptiblemente. Todo ello es un acontecer mágico, de energías celebrando un continuo encuentro, al que apenas asistimos si en algún instante, despertamos.

En ese mundo deambula esta artista que utiliza la palabra para llegar a sus cuadros y al revés. Es decir, ella nutre toda su creación con la gestualidad del ritual con las que los mismos astros permanecen colocados en el universo.

Pero pintores y escultores juegan a ser Dios, con sus manos, mente e imaginación. En el reflejo de las aguas, nace el mundo al que pertenecemos y vivimos en este largo sueño, parece decirnos Anna Fioravanti, con sus metáforas, sus descubrimientos, los tonos pasteles que utiliza en la creación de las imágenes poéticas, claves de un perfeccionado cosmos.

Las preguntas y las respuestas van haciendo la metamorfosis dentro de la luz. Los pedazos fugaces dejados por los seres angélicos sacuden cada plataforma de esta gran casa que la poeta ha refinado con su paciente trabajo, a lo largo de los años, en el que siente amor, transfiguración y una observación profunda del hecho artístico.

Es imposible separar su trabajo de la pintura y viceversa. La compenetración ha sido parte de su alma innovadora. Tiene su propuesta reminiscencias imposibles de pasar por alto. El lector bien podrá encontrarlas y disfrutarlas con su sello, atrayente y seductor.

Aunque "Delirio" no forma parte del conjunto de poemas encriptados en esta publicación se encuentra en su blog http://annafioravantipoesia.blogspot.com/, lo publicamos porque allí la artista visual también encarna la conjugación hacia el diminuto y magnifico hallazgo de ser.

"Una línea rasga el espacio, /delirio, /distancia entre el hombre/ y el infinito. / Tan alta como el todo, / se quiebra en espejismo, /arrastra. / Ira, / Fuego, / sonrisa vertical de dientes oblicuos, / en el laberinto nocturno, / de la noche atormentada. / ¿Temor?/ Inicio de la vida. / Y el eco responde: / Confianza, / amor, / sonrisa. / -¡No pasa nada!-/ Dice mi madre, / -Solo es Dios que parpadea-".

También pueden conocer más de ella revisando: http://annafioravantipoesia.blogspot.com/ .



E-mail: mpradass@gmail.com

Por Marisol Pradas


http://www.notitarde.com/notitarde/plantillas/columnista.aspx?idart=1227897&idcat=9853&tipo=2

martes, 19 de octubre de 2010

MIS LIMITES




Al norte
las ideas y los sueños
esperan el alba.

Al sur
desnudos los pasos
reposan la vida.

Al este
la mano contiene aprisionada
el cuerpo de una rosa que no hiere.

Al frente el lirio solitario
espera la palabra que no llega,
planeta desierto
donde duermen los ángeles con las alas cerradas.

El cuerpo derriba su corazón
En el silencio de la palabra.

Anna Fioravanti 2004

lunes, 18 de octubre de 2010

DELIRIO


Delirio


Una línea rasga el espacio,
delirio,
distancia entre el hombre
y el infinito.

Tan alta como el todo,
se quiebra en espejismo,
arrastra.

Ira,
Fuego,
sonrisa vertical de dientes oblicuos,
en el laberinto nocturno,
de la noche atormentada.
¿Temor?

Inicio de la vida.

Y el eco responde:

Confianza,
amor,
sonrisa.

-¡No pasa nada! -
Dice mi madre,
-Solo es Dios que parpadea-

Anna Fioravanti

lunes, 4 de octubre de 2010

AVE DEL PARAISO




Se me ha quedado la piel
entre las sábanas,
enredada en sus pliegues,
diluida en sus aromas.

El sol golpea la ventana pidiendo entrar.

¿Y si al llegar la luz se desvanece el sueño?

Y yo, me aferro a la luna hasta sofocarme.

No desando el camino,
la orden del corazón no pasa de largo.

Danzo con tu canto
y tus colores.

¡ Ave del paraíso!

viernes, 27 de agosto de 2010

DIARIO AZUL


Diario azul
a mi padre

Tu recuerdo
es como luz de luna sobre la llanura
que se pierde en las faldas de una nube viajera.
Tu voz
Se ha dormido en mi espalda
Y a veces, pesa de ausencias.
Tu risa se entremezcla en palabras
De un diario azul
En el que me nombras
Y yo,
Te hago llanto a veces.
solo a veces,
cuando te recuerdo.

Anna Fioravanti

viernes, 13 de agosto de 2010

DE LA SERIE CARTAS A OTROS CIELOS: Pájaros sin pájaros


A Guillermo

Fue hace mucho tiempo, en una feria del libro, de esas maravillosas ferias donde puedes caminar entre estantes atiborrados de textos, y quisieras quedarte anclado en cada uno de esos stands, o poseer un tesoro inagotable en tus bolsillos para adquirir la mayor parte. Y entonces piensas, para justificar el sueño irrealizable, que no te alcanzará la vida para leerlos, y los compras igual, todos cuantos te alcance el bolsillo, con la esperanza de que la vida te alcance. Decía, una vez, en una feria del libro, me fueron obsequiados para mi asombro y placer, unas maravillosas revistas, de calidad óptima, tanto en contenido como en su material de elaboración. Al preguntar el precio de las revistas, me dijeron que tomara todas las que quisiera, abrí la boca asombrada, creo que si las tuviera, el amable vendedor hubiera visto mis amígdalas, y luego de casi gritarle jubilosa: “gracias”, ni corta ni perezosa coloqué en mi bolsa ya repleta, cuanta revista podía meter en ella. No me detuvo ni el peso de la carga que ya era mucho, ni el pensar que se romperían las bolsas. Al contrario, tuve el descaro de pedir si me podía obsequiar una.
Los que amamos leer sabemos lo que significa el placer de comprar un libro que nos interese, de mi parte, soy una entusiasta compradora de textos que son afines a mis búsquedas, y que llegan a ocupar un espacio en mi biblioteca personal, donde cada vez que un nuevo libro se suma a su universo, me hace pensar en Borges y su Biblioteca de Babel, cuando contemplo extasiada y feliz: “el universo que otros llaman la Biblioteca”.
En ese entrañable y amado universo, que es mi refugio preferido, donde los libros caminan y se mueven como si tuvieran vida propia, pues nunca los encuentro donde creo deberían estar, y a veces parten sin retorno, los libros se hacen cadena de ideas, donde las palabras, o las frases me conducen a otros textos y mi escritorio se transmuta en colinas al alcance de mis manos. En ese mágico universo que me pertenece, busqué una de esas revistas, la abrí, y encontré un poema, y me vino a la mente tu partitura de aves, tu fotografía hecha de golondrinas y garzas, sobre los cables de luz, para sugerirnos una melodía hecha de sonidos personales, aquellos que nos habitan la memoria y se quedan para nutrirnos o desnutrirnos el alma.
Quiero copiarte el poema y darte una imagen, esa imagen que acompaña esta carta que te escribo la tomó E. quien no sabe sacar fotografías, pues no es fotógrafo, pero sabe capturar con su sensibilidad, momentos mágicos.
Para ti, amigo, el poema de Eugenio Montejo: Pájaros sin pájaros, fechado 2005 y publicado en esa maravillosa revista:

Pájaros sin pájaros

No, por supuesto, pájaros novicios
de canto incierto desigual o falso.
Otros sonidos y otras alas.
Hablo de todo Schubert entre vuelos errantes,
del rapto oído en un gorjeo
que suba a más
octava por octava.
Hablo de pájaros sin yo, sin ningún pico,
celestes y sin patas,
pájaros que sean tan solo música
el ascenso más alto de los aires.
No por supuesto, pájaros tenores,
gordos falsarios de pesadas plumas,
sino flechas que se desprenden de alguna partitura
o al cielo suban o más allá sin pausa,
arrebatando el corazón de quien escuche
y agradecido calle….
Deben creerme. Hablo de sones puros,
de pájaros sin pájaros.

Poema:Eugenio Montejo, 6 Poemas inéditos.

Anna Fioravanti 2010.

martes, 3 de agosto de 2010

DE LA SERIE CARTAS A OTROS CIELOS :Una tarde de lluvia


Dedicado : a quienes hacen de la amistad un lazo y de la lealtad una ley.
"Cuando llueve comparto mi paraguas, si no tengo paraguas comparto la lluvia"

Se llamaban a ellas mismas las tres mosqueteras, por aquello de: "siempre juntas", y vaya a saber cual era invisible de ellas, pues como los tres mosqueteros, ellas eran cuatro. Las cuatro mujeres, aquella tarde, intercambiarían confidencias. Cada una se dejaría llevar por la nostalgia. Solo que ahora, aún no lo presentían.
Sentadas cómodamente en las butacas de la sala, sorbían un te de rosas.
Sobre la mesita: pastel de bajas calorías, azúcar dietética, rodajitas de limón. En fin, un té entre amigas que estaban a dieta.
Aquella tarde la anfitriona era Clara.

El liquido ambarino hacia vapor en los lentes de Marta, a ella no le causaba mucha gracia tener que usarlos, le había costado buen trabajo adaptarse. Ahora, era lo primero que buscaba al levantarse y lo ultimo que acariciaba antes de conciliar el sueño.

Un trueno anunció que pronto llovería a cantaros. Marta miró a sus compañeras a través de los lentes empañados, mientras las escuchaba reírse por cualquier tontería. Ella les hacía eco cada vez que reían. Pero en verdad sus pensamientos estaban lejos, Habían retrocedido en el tiempo. Recordaban otras tardes de lluvia.

Clara no paraba de ofrecer pastel y llenar los vasos de té, ofrecer leche o limón, y preguntar cuanto azúcar.
Luisa detuvo la amena charla:
- ¡ Dios míiiio que palo de aaagua!- Dijo Luisa mirando a sus amigas.
Y las cuatro comenzaron a reírse sin saber en verdad cual era la causa de la risa.
- Si- Dijo Marta - Llueve – lo dijo con tristeza, aunque acompañó la frase con una sonora carcajada. Las otras tres mujeres repitieron asintiendo.
_ Si. Llueve.- dijo una
- Es verdad llueve.- asintió la otra
- Ujum – dijo Luisa.
- ¿ Más té?- preguntó Clara
-No- respondieron las otras. Y todas rieron.
-Ya no puedo irme.- dijo Valeria – me toca esperar que escampe.-
- Cierto.- dijo Marta
- Humm.- farfulló Luisa llenándose la boca de pastel con pocas calorias.
La lluvia golpeaba los vidrios con fuerza.
Las mujeres se acomodaron en los sillones. Marta se sentó sobre la butaca entrecruzando las piernas, como había aprendido en sus clases de Yoga, lo hacía siempre cuando estaba con sus amigas, era un modo de estar con ellas sin apartase de su isla personal, hacia el circulo, anudaba sus tobillos, descansaba las manos en su regazo, y escuchaba, ella reconocía que era una forma de autismo programado. De ese modo podía estar y “marcharse” sin que nadie se percatara, pues siempre estaba allí aun sin estar. Pero esta vez la lluvia le hizo buscar a tiendas el cojín a su espalda. Acomodó el almohadón entre los brazos, lo apretó con fuerza, luego dejó caer su cabeza hacia atrás, apoyándose en el respaldo mullido del asiento de tela.
Valeria, por su parte, se sentó suavemente sobre la alfombra, parecía un sensual reptil de piel muy blanca, subió las piernas doblando las rodillas, las abrazó y apoyó de medio lado la cabeza sobre ellas, solo alcanzaba a mirar a Luisa que seguía llevándose pasteles a la boca. Y sintió que aquello la estaba molestando sin saber por qué.
Clara, miraba todo lo que había sobre la mesa, y comenzó a servirse té sin azúcar, un pequeño trozo de pastel, pero no lo tocó. Quedó allí, intacto, sobre la mesa.
Luisa de pronto pareció percatarse del silencio de sus amigas. De la mirada de Valeria y tragó. Solo entonces se dio cuenta que el silencio estaba alcanzando sonidos aún más agudos que sus risas.
La lluvia seguía golpeando con fuerza el cristal de la ventana.
Hey ¿ qué pasa? – dijo Luisa. - ¿qué pasa?- Repitió nuevamente
Pero sus amigas guardaron silencio.
Valeria se volteó a mirar a Marta, y vio como esta se secaba las lágrimas.
Las amigas miraban a Marta sin poder proferir palabra alguna. Estaban asombradas de ese improviso cambio de humor.
Pero no hay nada que se contagie tanto como los estados de ánimo. Y así, las mujeres, pasaron a ser solidarias con la lluvia y con Marta.
Luisa, atragantándose de pasteles preguntaba con la boca llena a Marta, mientras las lágrimas comenzaban a asomar. -“Será la el sentido de culpa por el pastel que estoy comiendo” pensó, mientras preguntaba:
- ¿Por qué lloran?- Esto lo decía mientras hacia pucheros con los labios regordetes impecablemente coloreados de rojo. Los limpió con la servilleta, donde la crema del pastel quedó grabada junto a la pintura de labios, pero aun así, el carmesí en sus labios quedó intacto, hoy día los cosméticos hacían milagros, parecen tatuarse sobre la piel, y Luisa se valía de cuanto milagro cosmético existía en el mercado.
Fue en aquel momento que comenzaron las confidencias. Fue Marta la que inició a contar, las otras también narraron lo suyo. Cada una tenía algo que agregar de su vida personal a la confidencia de la otra. Cada episodio de las nostalgias de Marta, alimentaban los recuerdos de Luisa, que interrumpía para narrar su historia, y la de ella era punto de partida para que Clara agregara lo suyo. Valeria no se quedó atrás, comenzó y todas callaron ante lo intenso de sus lágrimas y sus palabras.
Todo, duró el tiempo de la lluvia.
Luego, las cuatro mujeres secaron sus lagrimas, alisaron sus cabellos, recompusieron sus ropas.
Luisa pasó al baño a retocar su maquillaje.
Pensó, mientras se lavaba las manos que las arruguitas necesitaban ser inyectadas de nuevo.
Afuera sus amigas ya se estaban despidiendo, las alcanzó de prisa, saludó con un beso sonoro a cada una.
Luego, tres de ellas, en sus respectivos autos, emprendieron retorno a sus casas.
Mientras Clara, comenzaba a recoger las cosas en la suya,
Cada una, miraba el sol que se asomaba de nuevo, aunque la tierra olía a humedad todavía, y los charcos de la acera recordaban cuanto había llovido.
Cada una pensaba: “Que tarde tan intensa.”
Clara pensó: -Ya se fueron las tres Mosqueteras, y a mi me quedan los trastos.-
Y mientras llevaba los platos a la cocina se preguntó a si misma:
- ¿Por qué nos llamamos tres mosqueteras, si somos cuatro?-

jueves, 3 de junio de 2010

ÉRASE UNA VEZ... En casa de Alicia




….En mi jardín hay una hoja que me la regaló Alicia, no es Alicia la de las maravillas, es,la del caballito patas largas.
Fue un día, que compartimos la tarde, allí en su casa. Es una casa que queda al final del camino, luego de ese camino, parecieran terminar todas las calles y las casas.
Para encontrar el hogar de Alicia, la del caballito patas largas, debes pasar frente al palacio de Aladino, en ese palacio, dicen los vecinos, que hay muchísimas habitaciones, como debe ser en un palacio, y si paseas por sus corredores se escuchan suspiros y voces susurradas. Adentro hay magia.
La casa de Alicia, queda después del palacio de Aladino, y es una casa, junto a otras, repetidas como eco, apretujadas como doñitas friolentas, pero adentro de los ecos, las vidas son distintas.
En la casa de Alicia, sobre las paredes, se abren todos los espejos, son universos que te piden ser atravesados, solo debes desearlo.
En la casa de Alicia se regalan hojas, para que crezcan flores en el jardín del otro.
Yo se la dí a mi Emilio, que no es el Emilio de Alicia, a cada una el suyo.
Y le dije a mi Emilio: Esta hoja, me la regaló Alicia, la del caballito patas largas, uno lo tenemos en la sala, y mi Emilio sonrió al ver al patas largas en la sala.
Y le dije:” si siembras la hoja, ella nos regalará una flor que nace y muere en una sola noche, pero cuando lo hace, toda la casa se llenará de su aroma.”

Y él hizo una cuenca de tierra dentro de un jarrón de barro rojo, para darle vida a la flor del jardín de Alicia, que no es la de las maravillas, pero te regala hojas para que nazcan flores en el jardín del otro.

viernes, 28 de mayo de 2010

Para llegar hasta ti


Para llegar hasta ti,
imaginé melodías en el espacio.

De tu poblada soledad
hice un jardín suspendido.

La voz se me fue por el mar
quimera tras quimera.

Abrigada por tanto cielo,
en el horizonte,

como el mar,

te desvaneces.

miércoles, 26 de mayo de 2010

Gioconda y mis alas


Y las alas llegan.

Vienen
galopando distancias,
en la herida azul del horizonte.

Sobre el miedo
revientan las cigarras.

Gioconda,
atardecida,
cubre su sonrisa
con mis alas,
y
escucha el gemido del viento.

Y de cada grito,
después de caer la lluvia
dejará escapar
libélulas del alba.

Imagen: Fotografía de Anna Fioravanti

Dedicatoria

A mi madre, luna plateada,que alumbra mi cielo cuando se oscurece.

este cielo

Este cielo
es solo un pedestal de luna
que cuando llueve
todo es poseído.

Como en un espejo claro
yo puedo andar este cielo invertido
con mi cara entre luz y espejo

En el punto horizontal del infinito,
donde tierra y espacio juegan con las pupilas,
y las retinas se impregnan de lejanía,
allí detuve mis pasos,
miré la distancia,
y vi
lo que otros me han dicho se llama
celeste.
Para escuchar y soñar
la noche
se detiene de espaldas.

Y en las horas cavernarias,
en un festín de estrellas
las sombras huelen a furor,
a río que suena,
a escarabajos,
a cazadores de miradas perdidas.

11-02-05